Su amor por los perros no fue un capricho personal aislado, sino una pasión que se heredó dentro de la familia real. A más de un siglo de su muerte, los jardines del castillo de Windsor todavía conservan algunos de los monumentos funerarios de sus fieles compañeros.
Reina Victoria de Reino Unido. Foto: Pinterest.
Durante el extenso reinado de la reina Victoria, que abarcó más de seis décadas del siglo XIX, no sólo se forjó una de las épocas más importantes de la historia real británica, sino que también se cultivó una faceta menos conocida de la monarca: su profundo amor por los animales, en especial por los perros.
A lo largo de su vida, Victoria llegó a tener más de 80 perros, pertenecientes a diversas razas, los cuales no sólo la acompañaron en su vida diaria, sino que también fueron retratados, honrados y cuidados con un nivel de atención que reflejaba su posición en la realeza.
Perros de la reina Victoria de Reino Unido. Foto: Pinterest.
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El primer lazo afectivo de la reina con un perro se remonta a su infancia, cuando su madre le regaló un cocker spaniel llamado Dash. Este primer compañero marcó profundamente a la joven Victoria, quien desde entonces mantendría una estrecha relación con sus mascotas.
A la muerte de Dash en 1840, año en que también contrajo matrimonio con el príncipe Alberto, la reina no sólo mostró su dolor de forma pública, sino que ordenó enterrar al perro en los jardines del castillo, dándole una tumba adornada con una inscripción conmovedora.
El gesto no fue un hecho aislado, sino el inicio de una costumbre: los perros que fallecían eran sepultados con honores en los terrenos de la residencia real.
Con el tiempo, nuevas razas fueron poblando los jardines y corredores del palacio. Entre ellas, se destacaron el fox terrier Deckel, el perro salchicha Waldman VI y el leal collie Sharp, quien fue inmortalizado en múltiples retratos y fotografías, y se convirtió en el favorito de la reina en sus últimos años.
Reina Victoria de Reino Unido. Foto: Pinterest.
También se cuenta entre los más célebres a Looty, un pequeño pekinés que fue obsequiado a la monarca en 1861 y que tuvo el privilegio de ser el primer ejemplar de su raza en llegar al Reino Unido, fruto de la expedición británica al Palacio de Verano en China.
Lejos de conformarse con compartir su tiempo con los animales, la reina Victoria mandó construir una residencia canina especialmente diseñada para albergar a sus numerosas mascotas. Ubicada en las cercanías de Adelaide Cottage, este "chenil real" tenía capacidad para albergar hasta 55 perros.
El recinto estaba equipado con comodidades que, para la época, resultaban extraordinarias: calefacción en los nichos, espacios individuales con jardines privados y un ambiente cálido y seguro. Incluso, la propia reina contaba con un pequeño apartamento dentro del chenil, donde exhibía retratos de sus perros favoritos.
En términos de razas, si bien Victoria demostró afecto por múltiples tipos de perros, sus preferidos fueron los collies de pelo liso. Se estima que llegó a tener más de 80 ejemplares de esta raza. Sharp, el mencionado collie, fue parte inseparable de la vida cotidiana de la reina y aparece en múltiples documentos fotográficos de la época.
No obstante, su devoción no se limitó a una sola raza: en el palacio convivieron pomeranias, bassets, spitz, épagneuls, galgos (lévriers), yorkshire terriers y skye-terriers, entre muchos otros.
Retrato de Alberto y Victoria con sus perros. Foto: Fine Art America.
El vínculo emocional con sus mascotas trascendía la compañía. La reina veía en sus perros no sólo amigos fieles, sino también seres dignos de protección y cuidado.
Esta perspectiva se tradujo en una acción concreta cuando Victoria asumió el patrocinio de la Sociedad Real para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (RSPCA, por sus siglas en inglés), una organización benéfica pionera en la defensa de los derechos de los animales.
Su respaldo fue clave para consolidar el rol de esta entidad en la sociedad británica, sentando un precedente en la protección animal que al día de hoy persiste.
En definitiva, el amor por los perros de la reina Victoria no fue un capricho personal aislado, sino una pasión que se heredó dentro de la familia real ya que, en décadas posteriores, otros monarcas continuarían con esta tradición. La reina Isabel II, por ejemplo, fue conocida por su predilección por los corgis, una raza que terminó convirtiéndose en símbolo de su reinado.
Isabel II de Reino Unido y sus perros corgis. Foto: Pinterest.
El legado de la reina Victoria en este sentido es tan notable como cualquier otro aspecto de su reinado. Sus perros no eran adornos de la corte: eran miembros plenos de la familia real, con derechos, cuidados, afecto y hasta monumentos conmemorativos.
En la actualidad, más de un siglo después de su muerte, los jardines del castillo de Windsor todavía conservan algunos de los monumentos funerarios de sus fieles compañeros.
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