Los dos equipos más importantes de la República Argentina pretendían disputar un duelo en el archipiélago ocupado actualmente por el Reino Unido.
Superclásico de 1982.
El 2 de abril de 1982, tropas argentinas desembarcaron en las Islas Malvinas, donde se inició un conflicto bélico con Inglaterra. La guerra duró dos meses y medio y dejó graves consecuencias. Sin embargo, pese al trágico contexto, la Guerra de Malvinas, fue el escenario para una inesperada propuesta en el mundo del deporte.
En pleno conflicto bélico, que acabó con la vida de 649 soldados argentinos y 255 británicos, se pensó en la idea de jugar un Superclásico entre Boca y River en el archipiélago reclamado por la República Argentina. El plan, insólito desde el inicio, no prosperó.
Un River-Boca imaginario en las Islas Malvinas.
La idea nació luego de un empate 0-0 entre el Xeneize y el Millonario, en el marco de un Torneo Nacional que se jugaba pese a la guerra que ocurría en el sur del país, renombrado como “Soberanía Argentina en las Islas Malvinas”.
"Para mí sería un orgullo y una satisfacción enorme salir a jugar un clásico en las Islas, pisando un suelo que por tantos años soñamos que fuera nuestro", expresó Eduardo Saporiti, del Millonario, en la revista Goles. Su colega Carlos Córdoba, del Xeneize, coincidió: "Nosotros tenemos la verdad y pienso que ése podría ser nuestro mejor aporte".
La iniciativa fue tomando forma, al punto que ambos jugadores posaron juntos para la tapa, en un intento por imaginar cómo sería un Superclásico en Malvinas.
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Pese a la campaña que se creó alrededor de un encuentro de fútbol en las Islas Malvinas, la realidad se conoció finalmente. Durante varias semanas, la información que llegaba al país era adulterada: “¡Estamos ganando!”, aseguraban los medios.
Pero pronto comenzó a saberse, de a poco, más sobre la verdadera situación. Y cuando eso sucedió, el disparatado superclásico quedó en la nada.
El propio Saporiti recordó hace un tiempo aquella época y, a sus 65 años, reflexionó sensatamente: “En ese momento, para mí la idea era buena. Era darles una alegría a los jóvenes, a los soldados argentinos que estaban allá. Yo en ese momento tenía ganas de ir a jugar allá. Lo tomaba como un acto solidario. No se sabía todo lo que pasaba, lo que había detrás. No había información. Hoy, tantos años después, uno lo ve con otros ojos”.
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Entre los 23.683 combatientes argentinos que lucharon frente al poderío militar británico, habían varios futbolistas que recién comenzaban su carrera. Si bien muchos se encontraban en la etapa final de las divisiones inferiores de sus clubes, muchos no pudieron continuar jugando profesionalmente cuando volvieron.
El caso más conocido de aquellos jugadores que lograron mantener una carrera futbolística después de la guerra fue el de Omar de Felippe: jugó dos temporadas en Huracán, para luego pasar por Arsenal, Once Caldas, Villa Mitre, Rosario y Olimpo.
Omar De Felippe. Foto: archivo
Sergio Pantano fue otro jugador que continuó con su carrera luego de Malvinas; había hecho inferiores en Talleres de Remedios de Escalada, por lo que a la vuelta formó parte del primer equipo en la Primera B en 1983. También jugó en otros equipos como el Porvenir, Berazategui y San Telmo, para luego de retirarse en el año 1991.
Otro caso distinto fue el de Luis Escobedo, quien había disputado seis partidos con el primer equipo de Los Andes cuando recibió la citación para unirse al ejército. Al volver, continuó jugando en el Milrayitas y pasó a equipos de primera división como Vélez y Colón hasta que se retiró en el año 2000.
Si bien muchos jugadores lograron seguir con sus vidas, otros no pudieron con la presión. Los traumas generados por la guerra, así como la insensibilidad por parte de las instituciones de fútbol respecto a la reintegración de los veteranos combatientes, provocaron la renuncia de varias promesas. Tal es el caso de Juan Colombo, quien una semana después de haber sido citado por Carlos Bilardo para Estudiantes de La Plata fue llamado por el ejército.
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